Extraños
- Juan Zavala
- 10 may 2023
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 26 mar
Sonríe. No sabes cómo reaccionar y bajas la mirada. Caminas al otro extremo del vagón, a unos pasos de ella. Te sientas. Volteas cauteloso a mirarla, ella ya no lo hace, sus ojos se tornan a las afueras, lejos de los tuyos, distraídos. Haces lo mismo. Buscas en tu bolsillo un escape, no funciona, no tienes carga en el teléfono. Pruebas mejor suerte en tu billetera; encuentras una fotografía, la miras; poco entiendes del pasado; poco quieres hacerlo. La guardas. Vuelves a voltear; sigue mirando más allá de su reflejo en la ventana. Te preguntas qué piensa. Observas el marfil en sus mejillas, piensas que el color cereza le sienta bien en los labios. Examinas sus pecas que inician en la nariz y descienden hasta perderse en la cordillera de su blusa. Te ruborizas. Escuchas una voz lejana, casi mecánica, que es completamente ajena a los dos. Las puertas del vagón se abren y te das cuenta de que estás a dos estaciones de llegar a tu destino.
Te preguntas su nombre; en qué estación abordó y en qué estación bajará. La nombras Fernanda. Te gusta el nombre, lo pones en tus labios y lo dices en silencio. Fernanda. Fantaseas con decirle “Hola”, “¿Cómo estás?”, “¿Te tomas un café?”, no lo haces, te acobardas. Imaginas, casi como un recuerdo, que la conoces en otras circunstancias; en la fiesta de un amigo o en la fila interminable del supermercado. La invitas a salir. Tienen su primera cita. La llevas al restaurante de comida japonesa que te recomendó tu hermana. No logras coordinar los palillos de madera, ella se ríe. Se dan su primer beso. Conoces a sus padres, después a sus hermanos. Te acostumbras al protocolo de presentaciones. Ella conoce a los tuyos y a tus fantasmas, duermes con ellos. Viajan a París, se toman una foto en La Torre Eiffel, la imprimes y la llevas a todas partes. Deciden vivir juntos. Te molesta su desorden; la ropa interior en el baño y el dentífrico sin tapa, pero la amas. El tiempo pasa, la novedad caduca. Ya no duermen abrazados, ni toman el desayuno juntos. Comienza a llegar tarde del trabajo. Le reprochas, se enoja con tus preguntas. Te quedas en el sofá, mientras ella duerme en la recamara. Grita que ya no te soporta, hace sus maletas y regresa con sus padres. No dices nada, no la detienes, no le marcas, no la buscas. La primavera se hace invierno.
El vagón comienza a detenerse. Ella se levanta, dejas de pensar. Te mira, la miras, como si se conocieran. Observas sus labios descoserse, como si quisiera decirte algo. No dice nada, pero se mantiene en ti y tú en ella. Estás apunto de hablarle, pero el anuncio de llegada te detiene. Los desconcierta, los aleja. Simulas toser y ella acomodarse su mechón de cabello. Abren la puerta, desciende y la observas, esperas que voltee, pero no lo hace. En cambio, el vagón avanza, se aleja y ella se hace pequeña, minúscula e invisible, como un recuerdo. Sacas la fotografía, la miras y la voz en el megáfono anuncia la siguiente estación.


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