Durmiendo con fantasmas: Una obsesión literaria
- Juan Zavala
- 13 may
- 7 min de lectura
Siempre me ha fascinado el terror, siento un gran interés por los fenómenos extraños e inexplicables, aquellos que sacuden el orden tan rígido y monótono de nuestro planeta. No es que sea un fanático del asunto y mucho menos una especie de gurú del tema. Ciertamente, no creo en espectros ni en criaturas de la noche (a estas alturas, me parece increíble que todavía se tomen por ciertas la existencia de estas posibilidades). Soy lo que se le conoce como un escéptico sin remedio, alguien que intenta explicar todo desde la razón. Sin embargo, sí que me gusta asustarme.
Disfruto leer toda clase de historias góticas, desde autores clásicos como Sheridan Le Fanu, Ambrose Bierce, Guy Maupassant o Henry James; hasta contemporáneos como lo pueden ser Mariana Enríquez, Xavier M. Sotelo y Adam Nevill. Acudo, en la medida de lo posible, al cine e intento ver todas las películas de terror que hay en cartelera, no importa si son reconocidas o no, con alto o bajo presupuesto, tanto extranjeras como nacionales. Me encanta recorrer los espacios oscuros y liminales de videojuegos como Silent Hill, Alan Wake o Fatal Frame y sorprenderme con los relatos sobrenaturales de otras personas que, muchas veces, terminan siendo muy entretenidos.
Pero más allá de buscar el susto fácil, esos que son meramente un sobresalto momentáneo y que dependen de una atmósfera que se antoja casi artificial, me gusta analizar lo que está detrás. El miedo para mí no radica en las casas viejas y abandonadas, ni en los fantasmas que las moran, sino, más bien, en lo que este puede llegar a significar. Me gusta preguntarme el por qué nos aterran ciertos conceptos, por qué aborrecemos a ciertas criaturas, por qué encontramos placer en asustarnos. Me parece que este análisis vuelve más terrenal al terror, lo desprende de sus máscaras, lo hace más “real”, más cercano y, de cierto modo, más terrorífico. Porque más que tratarse de un simple tema, un género trivializado y baraturiado por la alta crítica, el terror nos habla en última instancia, de nosotros mismos.
Bajo esta perspectiva, escribí Durmiendo con fantasmas, un libro que intenta cernirse sobre esa lógica a través de dos niveles narrativos: uno superficial, visible, donde habita lo gótico, lo fantástico y, algunas veces, la ciencia ficción; y otro subterráneo, que puede o no rebelarse en su lectura y busca llevar al lector a una reflexión ontológica. De esta manera, el género tan solo es un pretexto para hablar de temas más humanos y personales como lo puede ser la culpa, la identidad, la memoria y el sentido de la existencia.
La idea de su creación comenzó a germinar en el 2021, justo después de salir de la universidad y mientras realizaba mi tesis de licenciatura sobre literatura gótica. Antes de eso, en mis años de estudiante, había logrado escribir, a mi consideración, alguno que otro texto decente e interesante que, no lo dudo, contaba con la calidad necesaria para publicarse (incluso, dos de ellos fueron recuperados para esta antología: Durmiendo con fantasmas y El silencio de lo inexplicable). Pero en cantidad, eran irrelevantes para una publicación, de temas inconexos y sin ninguna intención aparente.
Inspirado por los autores de mi corpus e impulsado por mi pasión hacia el género y a la literatura en general, el pensamiento de hacer una antología empezó a acechar mi cabeza, tan escurridizo y silencioso que cuando me di cuenta de lo complejo que sería la tarea, ya era tarde para expulsarlo. Con una mezcla de emoción e incertidumbre, me decidí a escribirla. Lo hice por inercia, como poseso, a la par que descubría la vasta tradición de esta literatura. Devoraba todo tipo de textos góticos, tratando de encontrar mi registro; desde Hoffman y su hombre de arena, pasando por las sombras de Poe y las criaturas de Lovecraft, hasta Amparo Dávila y su huésped indeseable. Los diseccionaba, separaba sus partes, trataba de entender su anatomía, para luego ir al papel y ensamblar mis propios monstruos.
Pronto, escribir no solo fue un capricho, sino que se volvió una necesidad, una completa obsesión. En muchas ocasiones –he de admitir–, solía emplear el tiempo que se suponía estaba destinado al trabajo académico y me zambullía en las páginas de las historias que estaba creando. Sin vergüenza de mí cuando me tocaba entregar algún avance de mi investigación y solo presentaba un par de párrafos mal redactados. Tuve la fortuna de que mi asesor, el Dr. Riccardo Pace, gran mentor y amigo, entendiera las ansias creativas de un chiquillo irresponsable y necio.
En un principio me propuse escribir once cuentos, un número que no fue deliberado, sino que, por un lado, tenía su referente en la numerología. Me parecía interesante ver cómo los números, los cuales, por lo general, pertenecen al campo de las ciencias objetivas, podrían contrastar con una interpretación mística y espiritual. Todas esas supersticiones sobre horas terribles, cifras espejos, dígitos maestros y repeticiones de aparente sincronicidad despertaban en mí curiosidad y fascinación, una especie de asombro de cómo, incluso en la actualidad, el pensamiento mítico termina, de una u otra forma, sobreponiéndose al lógico.
Por otro lado, siempre ha estado bajo el ojo de mi atención lo dual, lo doble, lo repetido y, por ende, la copia. Así que procuré que este concepto fuera una constante en el libro, tanto en los relatos como en la cantidad de ellos. El once como representación de esa dualidad, de ese duplicado. Sin embargo, tuve que desistir y acortar a ocho dada la inviabilidad de publicación que suponía una extensión mayor.
Realicé una lista con apenas unas ideas vagas de las tramas o, en casos contados, con los sentimientos que quería transmitir. En ese momento, no tenía muy claro de qué trataría cada uno, solo que debía de ser esa cantidad. Aunque sí que había un tema en común que las unía y que siempre tuve claro a la hora de escribirlas: la razón frente a lo irracional.
Creo que a pesar de los avances técnicos y de esa supuesta superioridad en la que el ser humano se ha colocado, aún existen hechos que se escapan de las estructuras conceptuales o científicas que rigen la realidad cotidiana. No me refiero a una visión fantástica del mundo, como señalé al inicio, sino a sucesos que se resisten a toda compresión, ya sea porque aún no tenemos la capacidad de comprenderlos o, simplemente, porque su raíz pertenece a algo tan indescifrable como la naturaleza humana.
Justo por esa razón, quise que los personajes que transitaran por estas historias fueran personas profundamente racionales, sujetos desafortunados que debían enfrentarse a acontecimientos inexplicables que alteraban su realidad, la dislocaban y, en el peor de los casos, acababan con ellos. Al mismo tiempo, son seres atormentados, incapaces de comprenderse a sí mismos o a los demás. Individuos que se aferran al pasado y sus memorias, intentan vivir en él, someterlo a su voluntad o modificarlo desde su arrepentimiento. Pero, como cabría de esperar, fracasan en la tarea. Personajes quijotescos que sueñan despiertos o lo hacen desde estados semejantes, como el delirio, la embriaguez, el recuerdo, la sugestión, entre otros.
En fin, mientras escribía el libro y continuaba con la tesis, tenía un trabajo de medio tiempo que odiaba. Atendía llamadas telefónicas y cerraba ventas, todo desde un pequeño cubículo. Este desdén no se debía a las labores que desempeñaba ni a las personas con las que coincidía a diario –de hecho, durante este periodo hice muy buenos amigos y entendí el mundo mejor de lo que lo hacía antes–. Tampoco se trataba de que me sintiera superior para una labor como aquella o que fuera demasiado incompetente para realizarla. Sencillamente, quería escribir.
A menudo, me pasaba la jornada soñando que lo hacía; repasaba una a una las historias en las que estaba trabajando o trabajaría, buscaba detalles, pensaba en los personajes, en cómo actuarían, qué es lo que me dirían. Frente al monitor, dejaba que mi mente viajara por aquellos mundos imaginarios, mientras escuchaba del otro lado de la línea a una persona quejándose del servicio o intentando divertirse con algún chascarrillo hacia mi persona o actividad.
No puedo negar que estas divagaciones fueron parte de mi proceso creativo. Al regresar a casa, sentía que estaba preparado para afrontar la hoja en blanco, que todo el proceso de calentamiento ya lo había hecho. Que lo único que debía hacer era tomar esas ideas que previamente había organizado en mi cabeza y soltarlas en la computadora. Me invadía una confianza extraña que me quitaba el tartamudeo mental.
No obstante, sí que había otros días en los que llegaba abatido, preguntándome si acaso lo que estaba escribiendo valía la pena y si alguna vez podría terminarlo. Me sentaba en el escritorio y, como cualquier otro escritor, me enfrentaba a la sequía creativa, a esa impotencia de no encontrar las palabras adecuadas para materializar la historia y a esa incertidumbre que representa el no saber cuál será el resultado. Lo peor del asunto consistía en no poder deshacerme de esa responsabilidad, delegarla, dejar que alguien más cargara, aunque fuera por un momento, el peso de mis aspiraciones, porque, como es bien sabido, el oficio de un escritor, la mayoría de las veces, es solitario, íntimo, personal y penitente.
Gracias al apoyo de la gente que me quiere y que no dejó que me hundiera en las fosas más oscuras de la obstinación que comúnmente conducen al autodesprecio, es que pude terminar. Les debo mucho y les he dado tan poco. La publicación de este libro es, ahora, un logro compartido.
Cuando puse el punto final a esta antología, terminé entendiendo que ser escritor es como estar maldito. Se trata de alguien que se mete a la cama y es despertado por los fantasmas de sus historias que lo llaman desde el dintel de la puerta, espectros oscuros que le piden que se levante, que encienda la computadora y escriba, no importa si solo son dos o tres líneas. Debe complacerlos. Al día siguiente, volverá a ser convocado y tendrá que atender, porque de lo contrario, ellos llamarán con más fuerza, con mucha más insistencia. No lo dejarán en paz, lo atormentarán. Y el escritor, en cierto modo, lo preferirá así; que le hablen, le susurren, que estén cerca, porque le resultará mejor oír aquellas voces que lo guían que al insoportable silencio.

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